Amor, locura y muerte de Horacio Quiroga

ūüéô Ezequiel Olasagasti

En la recomendación de esta semana repasamos la obra del gran escritor uruguayo Horacio Quiroga.

Escuch√° la columna ac√° ūüĎá

Horacio Silvestre Quiroga Forteza nació el 31 de diciembre de 1878 en Salto, Uruguay. Vivió gran parte de su vida en la selva misionera. Fue cuentista y poeta. Es considerado uno de los más grandes escritores latinoamericanos.

En 1917 publicó Cuentos de amor de locura y de muerte (escrito sin comas por decisión propia del autor), su obra más emblemática. La naturaleza es protagonista de sus historias y mostrada como enemiga del ser humano. Sus principales referentes fueron Guy de Maupassant y Edgar Allan Poe, quienes lo influyeron tanto en el naturalismo como en el cuento de terror no fantástico. También fue seguidor de la escuela modernista iniciada por Rubén Darío.

Su vida estuvo marcada por la tragedia, los accidentes y los suicidios. El 19 de diciembre de 1937, luego de conocer que padecía un cáncer de próstata avanzado, se quitó la vida bebiendo un vaso de cianuro cuando se encontraba internado en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires.

La gallina degollada

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro
hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre
los labios, los ojos est√ļpidos, y volv√≠an la cabeza con la
boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El
banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían
inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba
tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz
enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos
se animaban, se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la
misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si
fuera comida.

Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando
al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia,
y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del
patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de
idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas
colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor ten√≠a doce a√Īos y el menor, nueve. En todo su aspecto sucio y
desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus
padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su
estrecho amor de marido y mujer y mujer y marido hacia un porvenir
mucho m√°s vital: un hijo: ¬ŅQu√© mayor dicha para dos enamorados que esa
honrada consagraci√≥n de su cari√Īo, libertado ya del vil ego√≠smo de un
mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin
esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los
catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La
criatura creci√≥, bella y radiante, hasta que tuvo a√Īo y medio. Pero en
el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la
ma√Īana siguiente no conoc√≠a m√°s a sus padres. El m√©dico lo examin√≥ con
esa atención profesional que está visiblemente buscando la causa del
mal, en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el
instinto; pero la inteligencia, el alma, a√ļn el instinto, se hab√≠an
ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante,
muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

–¬°Hijo, mi hijo querido!–sollozaba √©sta, sobre aquella espantosa
ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompa√Ī√≥ al m√©dico afuera.

–A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podr√°
mejorar, educarse en todo lo que permita su idiotismo, pero no
m√°s all√°.

–¬°S√≠!… ¬°s√≠!…–asent√≠a Mazzini.–Pero d√≠game: ¬ŅUsted cree que es
herencia, que…?

–En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que cre√≠ cuando vi a
su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No
veo nada m√°s, pero hay un soplo un poco rudo. H√°gala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló su amor a su
hijo, el peque√Īo idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo
asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo m√°s
profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de
otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el
porvenir extinguido. Pero a los diez y ocho meses las convulsiones del
primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre,
su amor estaba maldito! ¬°Su amor, sobre todo! Veintiocho a√Īos √©l,
veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un
átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en
el primogénito; pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamadaras de dolorido amor, un
loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su
ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el
proceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran
compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más
honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No
sab√≠an deglutir, cambiar de sitio, ni a√ļn sentarse. Aprendieron al fin
a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los
obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el
rostro. Animábanse sólo al comer, cuando veían colores brillantes u
oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba,
radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad
imitativa; pero no se pudo obtener nada m√°s.

Con los mellizos pareció haber concluído la aterradora descendencia.
Pero pasados tres a√Īos desearon de nuevo ardientemente otro hijo,
confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la
fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se
exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese
momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía
en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las
cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa
necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los
corazones inferiores.

Inici√°ronse con el cambio de pronombres: _tus_ hijos. Y como a m√°s del
insulto había le insidia, la atmósfera se cargaba.

–Me parece–d√≠jole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se
lavaba las manos–que podr√≠as tener m√°s limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo, como si no hubiera oído.

–Es la primera vez–repuso al rato–que te veo inquietarte por el
estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

–De nuestros hijos, ¬Ņme parece?

–Bueno; de nuestros hijos. ¬ŅTe gusta as√≠?–alz√≥ ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

–¬ŅCreo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

–¬°Ah, no!–se sonri√≥ Berta, muy p√°lida–¬°pero yo tampoco, supongo!…
¬°No faltaba m√°s!…–murmur√≥.

–¬ŅQu√© no faltaba m√°s?

–¬°Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, enti√©ndelo bien! Eso es
lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

–¬°Dejemos!–articul√≥, sec√°ndose por fin las manos.

–Como quieras; pero si quieres decir…

–¬°Berta!

–¬°Como quieras!

Este fué el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las
inevitables reconciliciones, sus almas se unían con doble arrebato y
locura por otro hijo.

Naci√≥ as√≠ una ni√Īa. Vivieron dos a√Īos con la angustia a flor de alma,
esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los
padres pusieron en ella toda su complacencia, que la peque√Īa llevaba a
los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si a√ļn en los √ļltimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al
nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la
horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A
Mazzini, bien que en menor grado, pas√°bale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de
su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores
de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para
que el vaso no quedara distentido, y al menor contacto el veneno se
vert√≠a afuera. Desde el primer disgusto emponzo√Īado hab√≠anse perdido
el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con
cruel fricción, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una
persona. Antes se conten√≠an a√ļn por la com√ļn falta de √©xito; ahora que
éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor
la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado
a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores
afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los
acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban
casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda
remota caricia.

De este modo Bertita cumpli√≥ cuatro a√Īos, y esa noche, resultado de
las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la
criatura tuvo alg√ļn escalofr√≠o y fiebre. Y el temor a verla morir o
quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fué, como casi siempre,
los fuertes pasos de Mazzini.

–¬°Mi Dios! ¬ŅNo puedes caminar m√°s despacio? ¬ŅCu√°ntas veces?…

–Bueno, es que me olvido; ¬°se acab√≥! No lo hago a prop√≥sito.

Ella se sonri√≥, desde√Īosa:

–¬°No, no te creo tanto!

–Ni yo, jam√°s, te hubiera cre√≠do tanto a ti…¬°tisiquilla!

–¬°Qu√©! ¬Ņqu√© dijiste?…

–¬°Nada!

–¬°Si, te o√≠ algo! Mira: ¬°no s√© lo que dijiste; pero te juro que
prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido t√ļ!

Mazzini se puso p√°lido.

–¬°Al fin!–murmur√≥ con los dientes apretados.–¬°Al fin, v√≠bora, has
dicho lo que querías!

–¬°S√≠, v√≠bora, s√≠! ¬°Pero yo he tenido padres sanos, ¬Ņoyes?, ¬°sanos!
¬°Mi padre no ha muerto de delirio! ¬°Yo hubiera tenido hijos como los
de todo el mundo! ¬°Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez:

–¬°V√≠bora t√≠sica! ¬°eso es lo que te dije, lo que te quiero decir!
¬°Preg√ļntale, preg√ļntale al m√©dico qui√©n tiene la mayor culpa de la
meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de
Bertita sell√≥ instant√°neamente sus bocas. A la una de la ma√Īana la
ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con
todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente, una vez
siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hiriente
fueron los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba, escupió
sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, su gran
culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró
desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir
una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían
tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que
mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangr√°ndola
con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de
conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración
tras ella. Volvióse, y vió a los cuatro idiotas, con los hombros
pegados uno a otro, mirando estupefactos la operaci√≥n. Rojo… rojo…

–¬°Se√Īora! Los ni√Īos est√°n aqu√≠, en la cocina.

Berta lleg√≥; no quer√≠a que jam√°s pisaran all√≠. ¬°Y ni a√ļn en esas horas
de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa
horrible visión! Porque, naturalmente, cuanto más intensos eran los
raptos de amor a su marido e hija, m√°s irritable era su humor con los
monstruos.

–¬°Que salgan, Mar√≠a! ¬°Echelos! ¬°Echelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a
dar a su banco.

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fué a Buenos Aires,
y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron,
pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija
escapóse en seguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco.
El sol había transpuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos
continuaban mirando los ladrillos, m√°s inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana,
cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta.
Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar,
eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero
faltaba a√ļn. Recurri√≥ entonces a un caj√≥n de kerosene, y su instinto
topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana
lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie
apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos
tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para
alzarse m√°s.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz
insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su
hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando
cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La
peque√Īa, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a
horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de
la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le
dieron miedo.

–¬°Solt√°me! ¬°dej√°me!–grit√≥ sacudiendo la pierna. Pero fu√© atra√≠da.

–¬°Mam√°! ¬°Ay, mam√°! ¬°Mam√°, pap√°!–llor√≥ imperiosamente. Trat√≥ a√ļn de
sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

–Mam√°, ¬°ay! Ma…–No pudo gritar m√°s. Uno de ellos le apret√≥ el
cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la
arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa ma√Īana se
había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida
segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oir la voz de su hija.

–Me parece que te llama–le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento
después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero,
Mazzini avanzó en el patio:

–¬°Bertita!

Nadie respondió.

–¬°Bertita!–alz√≥ m√°s la voz, ya alterada.

Y el silencio fu√© tan f√ļnebre para su coraz√≥n siempre aterrado, que la
espalda se le heló de horrible presentimiento.

–¬°Mi hija, mi hija!–corri√≥ ya desesperado hacia el fondo. Pero al
pasar frente a la cocina vió en el piso un mar de sangre. Empujó
violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oir el angustioso
llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al
precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se
interpuso, conteniéndola:

–¬°No entres! ¬°No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus
brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un
ronco suspiro.

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