El terror de Guy de Maupassant

| ūüéô Ezequiel Olasagasti |

En la recomendaci√≥n literaria de la semana repasamos los cuentos de terror del escritor franc√©s Guy de Maupassant. Escuch√° la columna completa y le√© El Ni√Īo y El Horla ac√° ūüĎá

El ni√Īo

Despu√©s de haber jurado durante mucho tiempo que no se casar√≠a nunca, de repente Jacques Bourdill√®re hab√≠a cambiado de idea. Esto hab√≠a ocurrido bruscamente, un verano, en un balneario. Una ma√Īana, estando tumbado en la arena, entretenido observando a las mujeres que sal√≠an del agua, un peque√Īo pie le hab√≠a llamado la atenci√≥n por su gracia y delicadeza.

Levantando la vista hacia arriba, toda su figura le sedujo.

De esta persona solamente veía los tobillos y la cabeza surgiendo de un albornoz de franela blanco, cuidadosamente cerrado.

Se decía de él que era sensual y un vividor.

Fue entonces, √ļnicamente por la gracia de la silueta, por lo que qued√≥ cautivado al principio; luego fue atra√≠do por el encanto de un dulce car√°cter de muchacha inocente y bondadoso, tierno como las mejillas y los labios.

Presentado a la familia, gust√≥ y pronto se enamor√≥ locamente. Cuando ve√≠a de lejos a Berthe Sannis, en la gran playa de fina arena, se estremec√≠a hasta la m√©dula. A su lado se volv√≠a mudo, incapaz de decir algo e incluso de pensar, con una especie de agitaci√≥n en el coraz√≥n, de zumbido en el o√≠do, de turbaci√≥n en el alma. As√≠ pues, ¬Ņera esto amor? No lo sab√≠a, no entend√≠a nada, pero permanec√≠a en todo caso decidido a convertir a esa ni√Īa en su esposa.

Los padres de ella dudaron durante mucho tiempo por culpa de su mala reputación. Se decía que tenía una amante, una ex amante, una antigua y fuerte relación, una de esas cadenas que se creen rotas y que todavía se mantienen. Aparte de esto, amaba, durante periodos más o menos largos, a todas las mujeres que estaban a su alcance.

Luego sent√≥ la cabeza, sin consentir siquiera el volver a ver una sola vez a aquella con la que hab√≠a vivido. Un amigo pag√≥ la pensi√≥n de esa mujer, garantiz√≥ sus existencia. Jacques se hizo cargo pero no quiso o√≠r hablar de ella, pretendiendo desde ese instante ignorar incluso su nombre. Ella escribi√≥ cartas que √©l no abri√≥. Cada semana reconoc√≠a la letra desma√Īada de la abandonada. Y cada semana crec√≠a hacia ella una ira m√°s grande y romp√≠a bruscamente el sobre y el papel, sin abrirlo, sin leer una sola frase, sabiendo de antemano los reproches y las quejas contenidas dentro.

Como nadie creía en su perseverancia, hicieron durar la prueba todo el invierno, y fue en primavera cuando su petición fue aceptada.

La boda tuvo lugar en París a primeros de mayo; se decidió que no harían el típico viaje de novios.

Despu√©s de una peque√Īa fiesta, una juerga de j√≥venes primos que no se prolongar√≠a m√°s all√° de las once, para no eternizar el cansancio de esta jornada de celebraciones, los reci√©n casados deb√≠an pasar su primera noche en com√ļn en la casa familiar, para partir solos, al d√≠a siguiente por la ma√Īana, hacia la playa, entra√Īable en sus corazones, donde se hab√≠an conocido y amado.

Lo noche había llegado, se bailaba en el gran salón.

Se habían retirado los dos a un saloncito japonés tapizado de sedas resplandecientes, poco iluminadas por los lánguidos rayos de un gran farol de color colgado en el techo como un huevo enorme.

La ventana entreabierta dejaba pasar a veces el aire del exterior, caricias de aire que les rozaba la cara, ya que la noche era c√°lida y tranquila, plena de los olores de la primavera.

No hablaban, se cog√≠an las manos, apret√°ndolas a veces con todas sus fuerzas. Ella permanec√≠a con la mirada perdida, un poco desorientada por ese gran cambio en su vida, pero sonriendo emocionada a punto de llorar, a menudo tambi√©n a punto de desfallecer de felicidad, creyendo el mundo cambiado por lo que le suced√≠a, preocupada sin saber por qu√© y sintiendo todo su cuerpo, toda su alma, invadidos por una indefinible y deliciosa lasitud. √Čl la miraba obstinadamente, sonriendo con una sonrisa fija. Quer√≠a hablar, no encontraba nada que decir y se quedaba ah√≠, poniendo todo su ardor al apretarle las manos.

De vez en cuando murmuraba un ‚ÄúBerthe‚ÄĚ y en cada ocasi√≥n ella levantaba la mirada con un movimiento suave y tierno. Se contemplaban un segundo, luego ella volv√≠a la mirada al suelo, penetrada y fascinada por la mirada de √©l.

No encontraban ning√ļn pensamiento que intercambiar. Se les dejaba a solas, pero a veces una pareja de bailarines les echaba un vistazo furtivo al pasar, como si fuese un testigo discreto y confidente de un misterio.

Una puerta se abrió, entró un criado llevando en la bandeja una carta urgente que un comisionado acababa de traer.

Jacques cogi√≥ ese papel temblando, embargado por un temor vago y repentino. El miedo misterioso de desdichas bruscas. Mir√≥ durante mucho tiempo el sobre del que no reconoc√≠a en absoluto la letra, sin atreverse a abrirlo, deseando con locura no leer, no saber, guardarla en el bolsillo y decirse a s√≠ mismo: ‚Äú¬°Hasta ma√Īana!, ma√Īana estar√© lejos! ¬°Poco importa!‚ÄĚ Pero en una esquina del sobre dos palabras subrayadas: ‚ÄúMUY URGENTE‚ÄĚ, lo deten√≠an y espantaban. Pregunt√≥:

-¬ŅMe permite, querida?.

Rompió la hoja pegada y leyó. Leyó el papel, palideciendo horriblemente; la recorrió de un tirón y luego, lentamente, como si deletreara. Cuando levantó la cabeza, todo su rostro estaba descompuesto. Balbuceó:

-Mi querida ni√Īa, es‚Ķ es mi mejor amigo, a quien le ocurre una grande, muy grande desgracia. Me necesita ahora mismo, enseguida, para un asunto de vida o muerte. ¬ŅMe permite usted ausentarme veinte minutos?, ¬°vuelvo enseguida!

Ella tartamudeó, temblorosa, estupefacta:

-Vaya, amigo mío -no siendo todavía suficientemente su esposa para interrogarlo, para exigir saber. Y él desapareció.

Ella se quedó sola escuchando bailar en el salón de al lado.

√Čl hab√≠a cogido un sombrero, el primero que encontr√≥, un abrigo al azar, y baj√≥ la escalera corriendo.

Antes de salir a la calle se detuvo debajo de la farola del vestíbulo y volvió a leer la carta una vez mas.

He aquí lo que decía:

‚ÄúSe√Īor: la se√Īorita Ravet, su ex amante al parecer, acaba de dar a luz a un ni√Īo y pretende que es suyo. La madre se va a morir e implora su visita.

Me tomo la libertad de escribirle para preguntarle si puede concederle una √ļltima entrevista a esta mujer que parece ser tan desgraciada y digna de l√°stima.

Un servidor.

Dr. Bonnard‚ÄĚ

Cuando entró en la habitación de la moribunda, ella ya agonizaba.

Al principio no la reconoció.

El medico y dos enfermeras la cuidaban, y por todas partes en el suelo estaban esparcidos unos cubos llenos de hielo y trapos empapados en sangre. El agua esparcida inundaba el parqu√©. Dos velas ard√≠an encima del mueble, detr√°s de la cama. En una peque√Īa cuna de mimbre, el ni√Īo chillaba y ante cada chillido la madre, torturada, intentaba un movimiento, temblando de fr√≠o bajo las compresas heladas.

Ella sangraba, sangraba, herida de muerte, extenuada por ese nacimiento. Toda su vida se desvanec√≠a: a pesar del hielo y las curas, la invencible hemorragia continuaba y precipitaba su √ļltima hora de vida.

Reconoció a Jacques y quiso levantar los brazos; no pudo, de tan débil que estaba, pero en sus mejillas lívidas las lágrimas empezaron a resbalar.

√Čl se desplom√≥ de rodillas cerca de la cama, cogi√≥ una mano que pend√≠a y la bes√≥ fren√©ticamente; luego poco a poco se acerc√≥, muy cerca del delgado rostro que se estremec√≠a a su contacto. Una de las enfermeras, de pie con un candelabro en la mano, los iluminaba, y el m√©dico, habi√©ndose alejado, los miraba desde el fondo de la habitaci√≥n. Entonces con una voz lejana, jadeando, dijo ella:

-Cari√Īo, me voy a morir. Prom√©teme que te quedar√°s hasta el final. ¬°Oh! Ahora no me dejes, ¬°no me dejes en el √ļltimo instante!

La bes√≥ en la frente, en el pelo, sollozando. √Čl murmur√≥:

-Estate tranquila, voy a quedarme.

Pasaron unos minutos hasta que pudo volver a hablar, de tan atormentada y desfallecida que estaba. Continuó:

-Es tuyo. El ni√Īo. Te lo juro ante Dios, te lo juro por mi alma, te lo juro en mi lecho de muerte. S√≥lo te he amado a ti. Prom√©teme que no abandonar√°s al ni√Īo.

Intentaba coger otra vez en sus brazos ese cuerpo destrozado, vacío de sangre. Al fin balbució, enloquecido por los remordimientos y el dolor:

-Te lo juro, lo educaré y lo amaré. No lo abandonaré.

Entonces ella intentó besar a Jacques. Incapaz de levantar la cabeza extenuada, tendía sus labios pálidos pidiendo un beso. Acercó su boca para recoger esta lamentable y suplicante caricia.

Un poco más calmada, murmuró en voz baja:

-Tr√°elo que yo vea si lo quieres.

Fue a buscar al ni√Īo.

Lo pos√≥ despacio en la cama, entre ellos, y el peque√Īo ser dej√≥ de llorar. Ella murmur√≥:

-No te muevas.

Se quedó ahí sujetando esa mano sacudida por escalofríos de agonía, como había sostenido antes otra mano crispada de escalofríos de amor. De vez en cuando miraba el reloj, de un vistazo furtivo, vigilando la aguja que pasaba de la medianoche, luego de la una, de las dos.

El m√©dico se hab√≠a retirado. Las dos enfermeras, despu√©s de haber merodeado alg√ļn tiempo con paso discreto por la habitaci√≥n, dormitaban ahora en unas sillas.

El ni√Īo dorm√≠a, y la madre, con los ojos cerrados, parec√≠a descansar tambi√©n.

De pronto, mientras el d√≠a macilento se filtraba a trav√©s de las cortinas cerradas, ella tendi√≥ los brazos con un movimiento tan brusco y tan violento que estuvo a punto de tirar el ni√Īo al suelo. Una especie de estertor resbal√≥ por su garganta, luego permaneci√≥ boca arriba, inm√≥vil, muerta.

Las enfermeras, que acudieron r√°pidamente, declararon:

-¡Se acabó!

Mir√≥ por √ļltima vez a esa mujer que hab√≠a amado, luego al reloj que marcaba las cuatro, y desapareci√≥ olvidando su abrigo, con el ni√Īo en sus brazos.

Despu√©s de que la hubiese dejado sola, su joven esposa esper√≥, al principio bastante tranquila, en el peque√Īo saloncito japon√©s. Luego, viendo que no regresaba, volvi√≥ al sal√≥n, con un aspecto indiferente y tranquilo, pero terriblemente preocupada. Su madre, al verla sola, le hab√≠a preguntado:

-¬ŅD√≥nde est√° tu marido?

Ella había contestado:

-En su habitación. Ahora viene.

Al cabo de una hora, como todo el mundo le preguntaba, confesó lo de la carta, lo del rostro turbado de Jacques y su temor de una desgracia.

Siguieron esperando. Algunos invitados se marcharon; sólo la familia más cercana permaneció. A las doce de la noche acostaron a la novia, muy sacudida por los sollozos. Su madre y dos de sus tías, sentadas al lado de la cama, la escuchaban llorar, mudas y desoladas.

El padre había ido a la comisaría a buscar información.

A las cinco de la madrugada se escuch√≥ un ruido en el pasillo. Una puerta se abri√≥ y se cerr√≥ despacio, luego un peque√Īo grito, parecido a un maullido, recorri√≥ la casa silenciosa.

Todas las mujeres se levantaron de golpe y Berthe, envuelta en una bata, se lanzó, la primera, a pesar de su madre y sus tías.

Jacques, de pie en medio de la habitación, lívido, jadeante, sostenía un bebé en los brazos.

Las cuatro mujeres lo miraron estupefactas, pero Berthe, de repente más atrevida, el corazón atenazado por la angustia, corrió hacia él.

-¬ŅQu√© pasa? D√≠game qu√© pasa.

√Čl parec√≠a enloquecido. Respondi√≥ con voz entrecortada:

-Pasa… pasa que… que tengo un hijo y que la madre acaba de morir…

Y sosten√≠a al ni√Īo en sus brazos, al cr√≠o que chillaba.

Berthe, sin decir una palabra, cogi√≥ al ni√Īo, lo bes√≥, lo apret√≥ contra ella. Luego, mirando a su marido con los ojos llenos de l√°grimas:

-La madre ha muerto, ¬Ņdice usted?

√Čl respondi√≥:

-Sí, ahora mismo, en mis brazos. Había roto con ella en el verano; yo no sabía nada; fue el médico quién me hizo ir.

Entonces Berthe respondió:

-Y bien, educaremos a este peque√Īo.

El ni√Īo, Guy de Maupassant, 1882



El Horla

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