El terror de Arthur Conan Doyle

🎙 Ezequiel Olasagasti

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Eclipsado por su personaje Sherlock Holmes, rescatamos la vasta obra de Arthur Conan Doyle en materia de sus cuentos cortos de terror. A diferencia de Edgar Allan Poe y Howard Philips Lovecraft, Doyle no se definió por un solo tema para sus cuentos. El manejaba perfectamente lo sobrenatural y monstruoso, como Lovecraft, y también las debilidades humanas y el terror que pueden generar, como lo hacía Poe.

Además de ser escritor Doyle fue doctor y científico, por lo tanto esto se ve reflejado en lo que relata, con sutilezas de ciencia ficción. A pesar de que no es del todo ficción, sino que se trata de datos precisos por su conocimiento en ciencia y medicina, haciendo de sus relatos algo único en su estilo.

Esta compilación se consigue muy facilmente y es muy barata. Incluye siete de los mejores cuentos de Arthur Conan Doyle. Te dejamos un de ellos para que leas.

El caso de Lady Sannox

Las relaciones entre Douglas Stone y la conocidísima
lady Sannox eran cosa sabida tanto en
los círculos elegantes a los que ella pertenecía en
calidad de miembro brillante, como en los organismos
científicos que lo contaban a él entre sus más
ilustres cofrades. Por esta razón, al anunciarse cierta
mañana que la dama había tomado de una manera
resuelta y definitiva el velo de religiosa, y que
el mundo no volvería a saber más de ella, se produjo,
como es natural, un interés que alcanzó a
muchísima gente. Pero cuando a este rumor siguió
de inmediato la seguridad de que el célebre cirujano,
el hombre de nervios de acero, había sido encontrado
una mañana por su ayuda de cámara sentado
al borde de su cama, con una placentera sonrisa
en el rostro y las dos piernas metidas en una
sola pernera de su pantalón, y que aquel gran cerebro
valía ahora lo mismo que una gorra llena de
sopa, el tema resultó suficientemente sensacional
para que se estremeciesen ciertas gentes que creían
tener su sistema nervioso a prueba de esa clase
de sensación.
Douglas Stone fue en su juventud uno de
los hombres más extraordinarios de Inglaterra. La
verdad es que apenas si podía decirse, en el momento
de ocurrir este pequeño incidente, que
hubiese pasado esa juventud, porque sólo tenía
entonces treinta y nueve años. Quienes lo conocían
a fondo sabían perfectamente que, a pesar de su
celebridad como cirujano, Douglas Stone habría
podido triunfar con rapidez aún mayor en una docena
de actividades distintas. Podía haberse abierto el
camino hasta la fama como soldado o haber forcejeado
hasta alcanzarla como explorador; podía
haberla buscado con empaque y solemnidad en los
tribunales, o bien habérsela construido de piedra y
de hierro actuando de ingeniero. Había nacido para
ser grande, porque era capaz de proyectar lo que
otros hombres no se atrevían a llevar a cabo, y de
llevar a cabo lo que otros hombres no se atrevían a
proyectar. Nadie le alcanzaba en cirugía. Su frialdad
de nervios, su cerebro y su intuición eran cosa fuera
de lo corriente. Una y otra vez su bisturí alejó la
muerte, aunque al hacerlo hubiese tenido que rozar
las fuentes mismas de la vida, mientras sus ayudantes
empalidecían tanto como el hombre operado.
¿No queda aún en la zona del sur de Marylebone
Road y del norte de Oxford Street el recuerdo de su
energía, de su audacia y de su plena seguridad en
sí mismo?
Tan destacados como sus virtudes eran sus
vicios, siendo, además, infinitamente más pintorescos.
Aunque sus rentas eran grandes, y aunque era,
en cuanto a ingresos profesionales, el tercero entre
todos los de Londres, todo ello no le alcanzaba para
el tren de vida en que se mantenía. En lo más hondo
de su complicada naturaleza había una abundante
vena de sensualidad y Douglas Stone colocaba
todos los productos de su vida al servicio de la
misma. Era esclavo de la vista, del oído, del tacto,
del paladar. El aroma de los vinos añejos, el perfume
de lo raro y exótico, las curvas y tonalidades de
las más finas porcelanas de Europa se llevaban el
río de oro al que daba rápido curso. Y de pronto lo
acometió aquella loca pasión por lady Sannox. Una
sola entrevista, con dos miradas desafiadoras y
unas palabras cuchicheadas al oído, la convirtieron
en hoguera. Ella era la mujer más adorable de Londres
y la única que existía para él. Él era uno de los
hombres más bellos de Londres, pero no era el
único que existía para ella. Lady Sannox era aficionada
a variar, y se mostraba amable con muchos de
los hombres que la cortejaban. Quizá fuese esa la
causa y quizá fuese el efecto; el hecho es que lord
Sannox, el marido, parecía tener cincuenta años,
aunque en realidad sólo había cumplido los treinta y
seis.
Era hombre tranquilo, callado, sin color, de
labios delgados y párpados voluminosos, muy aficionado
a la jardinería y dominado completamente
por inclinaciones hogareñas. Antaño había mostrado
aficiones a los escenarios; llegó incluso a alquilar
un teatro en Londres, y en el escenario de ese teatro
conoció a miss Marion Dawson, a la que ofreció
su mano, su título y la tercera parte de un condado.
Aquella primera afición suya se le había hecho
odiosa después de su matrimonio. No se lograba
convencerle de que mostrase ni siquiera en representaciones
particulares el talento de actor que
tantas veces había demostrado poseer. Era más
feliz con una azadilla y con una regadera entre sus
orquídeas y crisantemos.
Resultaba problema interesantísimo el de
saber si aquel hombre estaba desprovisto por completo
de sensibilidad, o si carecía lamentablemente
de energía. ¿Estaba, acaso, enterado de la conducta
de su esposa y la perdonaba, o era sólo un hombre
ciego, caduco y estúpido? Era ése un problema
propio para servir de pábulo a las conversaciones
en los saloncitos coquetones en que se tomaba el té
y en las ventanas saledizas de los clubes, mientras
se saboreaba un cigarro. Los comentarios que hacían
los hombres de su conducta eran duros y claros.
Sólo un hombre habría podido hablar en favor suyo,
pero ese hombre era el más callado de todos los
que frecuentaban el salón de fumadores. Ese individuo
le había visto domar un caballo en sus tiempos
de universidad, y su manera de hacerlo le había
dejado una impresión duradera.
Pero cuando Douglas Stone llegó a ser el
favorito, cesaron de una manera definitiva todas las
dudas que se tenían sobre si lord Sannox conocía o
ignoraba aquellas cosas. Tratándose de Stone no
cabían subterfugios, porque, como era hombre impetuoso
y violento, dejaba de lado las precauciones
y toda discreción. El escándalo llegó a ser público y
notorio. Un organismo docto hizo saber que había
borrado el nombre de Stone de la lista de sus vicepresidentes.
Hubo dos amigos que le suplicaron que
tuviese en cuenta su reputación profesional. Douglas
Stone abrumó con su soberbia a los tres, y
gastó cuarenta guineas en una ajorca que llevó de
regalo en su visita a la dama. Él la visitaba todas las
noches en su propia casa, y ella se paseaba por las
tardes en el coche del cirujano. Ninguno de los dos
realizó la menor tentativa para ocultar sus relaciones;
pero se produjo, al fin, un pequeño incidente
que las interrumpió.
Era una noche de invierno, triste, muy fría y
ventosa. Ululaba el viento en las chimeneas y sacudía
con estrépito las ventanas. A cada nuevo
suspiro del viento oíase sobre los cristales un tintineo
de la fina lluvia que tamborileaba en ellos, apagando
por un instante el monótono sonido del agua
que caía de los aleros. Douglas Stone había terminado
de cenar y estaba junto a la chimenea de su
despacho, con una copa de rico oporto sobre la
mesa de malaquita que tenía a su lado. Al acercarla
hacia sus labios la miró a contraluz de la lámpara,
contemplando con pupila de entendido las minúsculas
escamitas de flor de vino, de un vivo color rubí
que flotaban en el fondo. El luego llameante proyectaba
reflejos súbitos sobre su cara audaz y de fuerte
perfil. De grandes ojos grises, labios gruesos pero
tensos, y de mandíbula fuerte y en escuadra, tenía
algo de romano en su energía y animalidad. Al arrellanarse
en su magnífico sillón, Douglas Stone se
sonreía de cuando en cuando. A decir verdad, tenía
derecho a sentirse complacido: contrariando la opinión
de seis de sus colegas, había llevado a cabo
ese mismo día una operación de la que sólo podían
citarse dos casos hasta entonces, y el resultado
obtenido superaba todas las esperanzas. No había
en Londres nadie con la audacia suficiente para
proyectar, ni con la habilidad necesaria para poner
en obra, aquel recurso heroico.


Pero Douglas Stone había prometido a lady
Sannox que pasaría con ella la velada, y eran ya las
ocho y media. Había alargado la mano hacia el llamador
de la campanilla para pedir el coche, cuando
llegó a sus oídos el golpe sordo del aldabón de la
puerta de calle. Se oyó un instante después ruido
de pies en el vestíbulo, y el golpe de una puerta que
se cerraba.
—Señor, en la sala de consulta hay un enfermo
que desea verlo —dijo el ayuda de cámara.
— ¿Se trata del mismo paciente?
—No, señor, creo que desea que salga usted
con él.
—Es demasiado tarde exclamó Douglas
Stone con irritación—. No iré.
—Ésta es la tarjeta del que espera, señor.
El ayuda de cámara se la presentó en la
bandeja de oro que la esposa de un primer ministro
había regalado a su amo.
¡Hamil Alí Smyrna! ¡Ejem!, supongo que se
trata de un turco.
—Así es, señor. Parece que hubiera llegado
del extranjero, señor, y se encuentra en un estado
espantoso.
¡Vaya! El caso es que tengo un compromiso
y he de marchar a otra parte. Pero lo recibiré. Hágalo
pasar, Pim.
Unos momentos después, el ayuda de
cámara abría de par en par la puerta y dejaba paso
a un hombre pequeño y decrépito, que caminaba
con la espalda inclinada, adelantando el rostro y
parpadeando como suelen hacerlo las personas
muy cortas de vista. Tenía el rostro muy moreno y el
pelo y la barba de un color negro muy oscuro. Sostenía
en una mano un turbante de muselina blanca
con listas encarnadas, y en la otra, una pequeña
bolsa de gamuza.
—Buenas noches —dijo Douglas Stone,
una vez que el criado cerró la puerta—. ¿Habla
usted inglés, verdad?
—Sí, señor. Yo procedo del Asia Menor, pero
hablo algo de inglés, lentamente.
—Tengo entendido que usted quiere que yo
le acompañe fuera de casa.
—En efecto, señor. Tengo gran deseo de
que examine usted a mi esposa.
—Puedo hacerlo mañana por la mañana,
porque esta noche tengo una cita que me impide
visitar a su esposa.
La respuesta del turco fue por demás original.
Aflojó la cuerda que cerraba la boca del bolso
de gamuza, y vertió un río de oro sobre la mesa,
diciendo:
—Ahí tiene cien libras, y le aseguro que la
visita no le llevará más de una hora. Tengo a la
puerta un carruaje.
Douglas Stone consultó su reloj. Una hora
de retraso le daría tiempo aún para visitar a lady
Sannox. En otras ocasiones la había visitado a una
hora más tardía. Aquellos honorarios eran muy elevados.
En los últimos tiempos lo apremiaban los
acreedores y no podía desperdiciar una ocasión así.
Iría.
— ¿De qué enfermedad se trata?—
preguntó.
¡Oh, es un caso muy triste! ¡Un caso muy
triste y único! ¿Oyó usted hablar alguna vez de los
puñales de los almohades?
—Nunca.
—Pues bien: se trata de unos puñales o dagas
del Oriente que tienen gran antigüedad y que
son de una forma característica, con la empuñadura
parecida a lo que ustedes llaman un estribo. Yo
negocio en antigüedades, y por esa razón he venido
a Inglaterra desde Esmirna; pero regreso la semana
que viene. Traje un gran acopio de artículos, y aún
me quedan algunos. Para desconsuelo mío, entre
esos artículos que me quedaban está uno de esos
puñales de que le hablo.
—Permítame, señor, que le recuerde que
tengo una cita —dijo el cirujano, con algo de irritación—.
Limítese, por favor, a los detalles indispensables.
—Ya verá usted que éste lo es. Mi esposa
tuvo hoy un desmayo hallándose en la habitación en
que guardo mi mercancía, y se cayó al suelo,
cortándose el labio inferior con ese maldito puñal de
los almohades.
—Comprendo —dijo Douglas Stone poniéndose
de pie—. Lo que usted quiere es que le cure la
herida.
—No, no; porque es algo peor que eso.
— ¿De qué se trata, pues?
—De que esos puñales están envenenados.
¡Envenenados!
—Sí, y no existe nadie en Oriente ni en Occidente
que sepa hoy de qué clase de veneno se
trata y con qué se cura. Conozco esos detalles porque
mi padre se dedicó a este negocio antes que
yo, y porque estas armas envenenadas nos han
dado mucho trabajo.
— ¿Cuáles son los síntomas?
—Sueño profundo, y la muerte antes de las
treinta horas.
—Y usted asegura que no existe cura posible.
¿Por qué razón entonces me paga una suma
tan crecida de honorarios?
—Ninguna droga existe que pueda curar el
envenenamiento, pero sí puede curarla el bisturí.
— ¿De qué manera?
—El veneno es de absorción lenta. Permanece
horas enteras en la misma herida.
—Según eso, podría limpiarse a fuerza de
lavados.
—No, porque ocurre lo mismo que con las
mordeduras de reptiles venenosos. E1 veneno es
demasiado sutil y demasiado mortífero.
—Habrá que extirpar el órgano herido.
—Eso es; si la herida es en un dedo, se
arranca el dedo. Es lo que decía siempre mi padre.
Pero piense usted en dónde está la herida en este
caso y en que se trata de mi esposa. ¡Es horrible!
Pero, en asuntos tan dolorosos, el hallarse
familiarizado con ellos puede embotar la simpatía
de un hombre. Para Douglas Stone aquel caso era
ya interesante, e hizo a un lado como cosa sin importancia
las débiles objeciones del marido, diciendo
con brusquedad:
—Por lo que se ve, no hay otra alternativa.
Es preferible perder un labio a perder una vida.
—Sí, reconozco que eso que dice es cierto.
Bien, bien, es el destino, y no hay más remedio que
aceptarlo. Tengo abajo el coche, vendrá usted conmigo
y realizará la operación.
Douglas Stone sacó de un cajón su estuche
de bisturíes y se lo metió al bolsillo, junto con un
rollo de vendajes y un paquete de hilas. No podía
perder más tiempo si había de visitar a lady Sannox.
Dijo, pues, poniéndose el gabán:
—Estoy dispuesto, si no quiere usted tomar
un vaso de vino antes de salir a la fría temperatura
de la noche.
El visitante retrocedió, alzando la mano en
señal de protesta:
—Se olvida usted de que soy musulmán y
fiel cumplidor de los preceptos del profeta. Sin embargo,
quisiera que me dijese qué contiene la botella
de cristal verde que se ha metido en el bolsillo.
—Es cloroformo.
—También su empleo nos está prohibido.
Se trata de un líquido espirituoso y no podemos
emplear semejantes productos.
¡Cómo! ¿Consentirá que su esposa tenga
que pasar por esta operación sin un anestésico?
¡Oh, señor! Ella no se dará cuenta de nada.
La pobre está sumida ya en el sueño profundo, el
primer efecto de esa clase de veneno. Además la
hice tomar nuestro opio de Esmirna. Vamos, señor,
porque ha transcurrido ya una hora.
Cuando salieron a la oscuridad de la calle,
una ráfaga de lluvia azotó sus caras, y la lámpara
del vestíbulo, que se bamboleaba colgada del brazo
de una cariátide de mármol, se apagó de golpe. E1
ayuda de cámara, Pim, cerró la pesada puerta empujando
con todas sus fuerzas para vencer la resistencia
del viento, mientras los dos hombres avanzaban
con cuidado hasta la luz amarilla que indicaba
el sitio donde esperaba el coche. Unos momentos
después rodaban con estrépito hacia su punto de
destino.
— ¿Está lejos?—preguntó Douglas Stone.
¡Oh, no! Vivimos en un lugar muy tranquilo
próximo a Euston Road.
El cirujano oprimió el resorte de su reloj de
repetición y escuchó los golpecitos que le anunciaron
la hora. Eran las nueve y cuarto. Calculó las
distancias y el poco tiempo que le llevaría una operación
tan sencilla. Para las diez tenía que llegar a
casa de lady Sannox. A través de las ventanas empañadas,
veía la danza de los borrosos faroles de
gas que iban quedando atrás, y las ruedas del coche
producían un blando siseo al pasar por un terreno
de charcos y de barro. Frente a Douglas Stone
blanqueaba débilmente en la oscuridad el turbante
de su cliente. El cirujano palpó dentro de sus
bolsillos y dispuso sus agujas, ligaduras y pinzas,
para no perder tiempo cuando llegasen. Rabiaba de
impaciencia y tamborileaba en el suelo con el pie.
El coche fue por fin perdiendo velocidad y
se detuvo. Douglas Stone se apeó en el acto, y el
comerciante de Esmirna lo hizo pisándole los talones,
y dijo al cochero:
—Espere usted.
Era una casa de aspecto ruin en una calle
sórdida y estrecha. El cirujano, que conocía bien su
Londres, echó una rápida ojeada por la oscuridad,
pero no observó nada característico: ni una tienda,
ni movimiento alguno, nada, en fin, fuera de la doble
fila de casas sin relieve en sus fachadas, de una
doble faja de losas húmedas que brillaban a la luz
de la lámpara y de un doble y estrepitoso correr del
agua por los arroyos para precipitarse entre remolinos
y gorgoteos por las rejillas de los sumideros. Se
encontraron delante de una puerta descascarada y
descolorida, en la que la débil luz que salía por el
abanico de la parte superior servía para poner de
relieve el polvo y la suciedad con que estaba cubierta.
En el piso superior brillaba una débil luz amarilla
en una de las ventanas del dormitorio. El comerciante
turco llamó con fuertes golpes; cuando se
volvió de cara a la luz Douglas Stone pudo ver que
su cara se hallaba contraída de ansiedad. Corrieron
un cerrojo, y apareció en el umbral una mujer anciana
con una velita, resguardando la débil llama
con su mano asarmentada.
— ¿Sigue todo bien?—jadeó el mercader.
—La señora está tal como usted la dejó.
— ¿No habló?
—No, duerme profundamente.
El comerciante cerró la puerta, y Douglas
Stone avanzó por el estrecho pasillo, mirando con
sorpresa en torno suyo. No había ni linóleo, ni esterilla,
ni percha de sombreros. No vio otra cosa que
gruesas capas de polvo y tupidas orlas de telarañas
por todas partes. Sus firmes pisadas resonaban con
fuerza por toda la casa en silencio, mientras subía
detrás de la anciana por la tortuosa escalera. No
había alfombra.
El dormitorio estaba en el segundo descansillo.
Douglas Stone entró en él detrás de la anciana,
y seguido inmediatamente por el mercader. Allí
por lo menos había muebles, incluso con exceso.
Se veía en el suelo un revoltijo y en los rincones,
verdaderas pilas de vitrinas turcas, mesas incrustadas,
cotas de malla, pipas de formas extrañas y
armas grotescas. Por toda luz, había en la pared
una lámpara pequeña sostenida por una horquilla.
Douglas Stone la descolgó, se abrió paso entre los
trastos viejos y se acercó a una cama que había en
un rincón, y en la que estaba acostada una mujer
vestida al estilo turco, con el yashmak y el velo.
Sólo la parte inferior de la cara estaba al descubierto,
y el cirujano pudo ver un corte dentado que zigzagueaba
por todo el borde del labio inferior.
—Ya perdonará usted que esté tapada con
el yashmak, sabiendo lo que los orientales pensamos
acerca de las mujeres —dijo el turco.
Pero el cirujano pensaba en otra cosa distinta
que el yashmak. Aquello no era una mujer para
él, sino simplemente un caso. Se inclinó y examinó
con cuidado la herida, y dijo:
—No existen señales de inflamación. Podríamos
retrasar la operación hasta que se desarrollen
los síntomas locales.
¡Oh señor, señor! —dijo el mercader—. No
ande con nimiedades. Usted no sabe lo que es esto.
Esa herida es mortal. Yo sí que lo sé, y le doy la
seguridad de que es absolutamente indispensable
operar. Sólo el bisturí puede salvarle la vida.
—Sin embargo, yo me siento inclinado a
esperar —dijo Douglas Stone.
¡Basta ya! —exclamó irritado el turco—.
Cada minuto que pasa tiene importancia, y yo no
puedo permanecer aquí viendo cómo se va muriendo
mi esposa. No me queda más que dar a usted
las gracias por haber venido y marchar en busca de
otro cirujano antes de que sea demasiado tarde.
Douglas Stone vaciló. No era agradable el
tener que devolver las cien libras, pero si dejaba
abandonado el caso tendría que hacerlo. Y si el
turco estaba en lo cierto y la mujer fallecía, la posición
de Douglas delante del juez de investigación
podía resultar embarazosa.
—De modo que usted sabe por experiencia
personal cuáles son los efectos de este veneno —le
preguntó.
—Lo sé.
—Y me asegura que la operación es indispensable.
—Lo juro por todo cuanto es sagrado para
mí.
—La cara quedará desfigurada espantosamente.
—Comprendo que la boca no quedará como
para besarla con agrado.
Douglas Stone se volvió indignado hacia
aquel hombre. Su manera de hablar era brutal. Pero
los turcos hablan y piensan a su propia manera, y
no era aquel un momento para dimes y diretes.
Douglas Stone sacó un bisturí del estuche, lo abrió
y tanteó con el dedo índice su filo agudo. Acto seguido,
acercó más la lámpara a la cama. Por la rendija
del yashmak lo miraban con fijeza dos ojos negros.
Eran todo iris, distinguiéndose apenas la pupila.
—Le ha dado usted una dosis de opio muy
fuerte.
—Sí, ha sido bastante buena.
El cirujano volvió a contemplar los ojos negros
que lo miraban fijamente. Estaban apagados y
sin brillo, pero pudo advertir que aparecía en ellos
una lucecita de vida, y que le temblaban los labios.
—Esta mujer no está en estado absoluto de
inconsciencia —dijo el cirujano.
— ¿Y no será preferible emplear el bisturí
mientras está insensible?
Ese mismo pensamiento había cruzado por
el cerebro del cirujano. Sujetó con su fórceps el
labio herido y dando dos rápidos cortes se llevó una
ancha tira de carne en forma de V. La mujer saltó
en la cama con un alarido espantoso Douglas Stone
conocía aquella cara. Era una cara que le era familiar,
a pesar del labio superior saliente y de la sangre
que le manaba. La mujer siguió gritando y se
llevó la mano a la herida sangrante. Douglas Stone
se sentó al pie de la cama con su bisturí y su
fórceps. La habitación giraba a su alrededor, y había
sentido que detrás de sus orejas se le desgarraba
algo como una cicatriz. Quien hubiese estado mirando,
habría dicho que de las dos caras la suya era
la más espantosa. Como si estuviere soñando una
pesadilla, o como si hubiese estado mirando un
detalle de una representación, tuvo conciencia de
que la cabellera y la barba del turco estaban encima
de la mesa, y de que lord Sannox se apoyaba en la
pared apretándose el costado con la mano y riendo
silenciosamente. Los alaridos habían dejado de
oírse, y la cabeza horrenda había vuelto a caer encima
de la almohada, pero Douglas Stone seguía
sentado e inmóvil, mientras lord Sannox reía silenciosamente.
—La verdad es —dijo por fin —que esta
operación era verdaderamente indispensable para
Mary; no física, pero sí moralmente. Entiéndame
bien, moralmente.
Douglas Stone se inclinó hacia adelante y
empezó a juguetear con el fleco de la colcha de la
cama. Su bisturí tintineó en el suelo al caer, pero el
cirujano seguía sosteniendo su fórceps y algo más.
Lord Sannox dijo con ironía:
—Tenía desde hace mucho tiempo el
propósito de dar un pequeño ejemplo. Su carta del
miércoles se extravió, y la tengo aquí en mi cartera.
Me costó bastante trabajo la puesta en práctica de
mi idea. La herida, dicho sea de paso, no tenía más
peligrosidad que la que puede darle mi anillo de
sello.
Miró vivamente a su silencioso acompañante,
y levantó el gatillo de un revólver pequeño que
guardaba en el bolsillo de la chaqueta. Pero Douglas
Stone seguía jugueteando con la colcha. Entonces
le dijo:
—Ya ve usted que, después de todo, ha
acudido a la cita.
Al oír aquello, Douglas Stone rompió a reír.
Fue la suya una risa larga y ruidosa. Quien no se
reía ahora era lord Sannox. Sus facciones se aguzaron
y cuajaron con una expresión parecida a la
del miedo. Salió de puntillas de la habitación.
La anciana esperaba afuera.
—Atienda a su señora cuando se despierte
—le dijo lord Sannox.
Luego bajó las escaleras y salió a la calle.
El coche esperaba a la puerta, y el cochero se llevó
la mano al sombrero. Lord Sannox le dijo:
—Juan, ante todo llevarás al doctor a su casa.
Creo que hará falta asistirlo al bajar las escaleras.
Dile a su ayuda de cámara que se ha puesto
enfermo durante una operación.
—Muy bien, señor.
—Después llevarás a lady Sannox a casa.
— ¿Y a usted, señor?
—Verás. Durante los próximos meses me
hospedaré en el Hotel di Roma, en Venecia. Cuida
de que me sea enviada la correspondencia, y dile a
Stevens que el lunes próximo exhiba todos los crisantemos
de color púrpura y que me telegrafíe el
resultado.

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