Diario de viaje (de un metalero argentino) en Bolivia [2/3]

Segunda parte de las crónicas en Bolivia

Por Marcos Bentancourt

III – Mina infernal de Potosí

El colectivo zigzaguea en velocidad por el asfalto empapado para atravesar una noche que amenaza con sus fuertes vientos y unos destellantes relámpagos que se anuncian a lo lejos. Desciende la temperatura y también el gran vehículo por una calle empedrada bien empinada y estrecha. La lluvia no para, pero nosotros tampoco: hemos llegado a la Villa Imperial de Potosí, ubicada a unos 3900 metros de altura sobre el nivel del mar. La plaza principal está repleta de decoraciones navideñas y luces rojas, verdes y blancas. Nos topamos con Papa Noel y el Grinch, como también con vendedores de gorros navideños y pizzas individuales a muy buen precio. Acá las calles suben y bajan con mayor pronunciación que las otras ciudades, por lo que cada vez necesitamos mayor esfuerzo para trasladarnos a cualquier punto. Creo que necesito de esos “Vientos de Poder” sobre los que habla Hermética: 
V

Vientos de poder
En el crepúsculo final guían el viaje
 
Que más de uno se ha entregado al polvo inca,
Muestran los informes del control vigilante
 
La cúpula se agita por mostrar decencia
Y muchos justicieros se abren de piernas
 
La estructura emergente se tambalea
En burbujeante orgía de magias negras
 
El pobre envejecido sigue la procesión
Con silencioso instinto de privación
 
Yo no vendo canciones de amor vendido,
En la que estoy me planto y no me persigo
 
Si me atrapan las redes de la osamenta,
Por pobre de seguro que me harán la boleta
 
Pero no estoy vencido aún tengo fuerzas
Para dar mi mensaje de resistencia
 
Seguiré junto al metal con mi mensaje
Vacilaré si tú no estás en este viaje

Vientos de poder, Ácido argentino (1991), Hermética.

El sol de madrugada se cuela por el pequeño patio del hostel donde nos encuentra a ambos calzándonos un par de botas, traje marrón y casco con linterna, mientras que el guía, que también es minero, nos lanza indicaciones. Tomamos la bolsa de consorcio recubierta con tela que nos proveyeron para guardar algunas cosas y abordamos la combi que sólo hace una parada antes del destino final, un local que vende todo lo necesario para un trabajador de las minas de Potosí. Allí el guía nos da de probar la hoja de coca y el alcohol etílico, la dieta diaria de los mineros para sobrevivir a su ardua y peligrosa labor. 

Mineros. Foto: Marcos Bentancourt

La hoja de coca es legal en Bolivia debido a la tradición que ésta arrastra en su cultura, aunque también por su utilidad como energizante para la altura. Si bien se puede tomar en te, los mineros la almacenan en su boca haciendo un buen bollo en uno de sus cachetes para masticarla de a poco. El guía nos cuenta que el minero no respira por la nariz, sino por la boca porque la hoja de coca filtra el persistente e insalubre polvillo que abunda dentro de las cavernas. Con la coca y el alcohol etílico pueden trabajar toda una mañana y una tarde sin comer más que el desayuno que les preparan sus esposas bien temprano. El sueldo de un minero está atado a la producción general, ya que ellos están organizados en una cooperativa que posee concesiones y redistribuye las ganancias generadas cada semana. La esperanza de vida promedio de un minero parte desde los 55 años y se puede extender hasta los 65, si es que el mismo no sufre las consecuencias de un derrumbe. Antes de continuar, nos muestra una herramienta más de trabajo: un cartucho de dinamita color gris rellena de nitroglicerina. Mi cara se dibuja de sorpresa y susto a la vez ante el acto seguido del guía. Golpea el explosivo en el casco sostenido por mi brazo y dice: “esta es de calidad, no como en otros países”.

Potosí durante el Virreinato del Perú. La población originaria resultó diezmada a causa de la Mita, sistema de trabajo forzado para extraer plata para el Imperio Español.
Recomendamos lectura de https://factoriahistorica.wordpress.com/2012/04/18/la-mita-y-otros-sistemas-de-trabajo-obligatorio-en-el/

El colectivo nos sube al cerro y nos deja en frente de una pequeña entrada rectangular de marcos de madera que nos invita a agacharnos y adentrarnos en su oscura incertidumbre. Las linternas alumbran las vías férreas utilizadas para los carros que transportan material, pero aquellas líneas metálicas irán desapareciendo poco a poco a medida que avanzamos para ser cubiertas por el agua mezclada con barro.

Tío Pachamama. Foto: Marcos Bentancourt

A un costado nos mira fijamente una figura monstruosa de color rojo vivo. Se trata del Tío Pachamama, una escultura diabólica que posee hojas de coca, tarros de alcohol etílico y cigarrillos que los mineros le ofrecen a cambio de su protección. La tradición consiste en volcar esos elementos en su cabeza, manos y su gran pene, este último representante de la fertilidad. A medida que avanzamos nos vemos obligados a mirar hacia arriba para esquivar las piedras y barrotes de madera que cuelgan del bajo techo, pero también debemos prestar atención hacia abajo para no resbalarnos con el barro o tropezarnos con las rocas. A los costados del camino pueden encontrarse pozos cuya profundidad no puede ser divisada, como también ventanas cuadrados que brotan de las paredes, los cuales se solían utilizar como conducto para despachar material, pero ahora se encuentran tapadas por diversos minerales que también han formado estalactitas en los techos con el paso del tiempo. Bajamos por uno de los pozos, los cuales no poseen ningún tipo de medida de seguridad más que la destreza de la persona que desciende con valentía. Unos cuantos metros más de caminata nos lleva a otro agujero ubicado en el techo por el cual nos trepamos. Mientras continuamos la marcha, la luz emitida por la linterna permite ver claramente el polvillo presente en el aire, el cual ahora entra más rápidamente a nuestros pulmones gracias a la acelerada respiración producida por el continuo esfuerzo. 

Ingreso a la mina. Foto: Marcos Bentancourt

De repente, el guía se detiene. No hay más camino. O al menos eso parece, ya que se ve solamente un vacío de unos 5 metros de largo. Nos acercamos para vislumbrar la delgada tabla de madera que se encuentra casi pegada a la pared, la cual solamente permite ser pisada por un pie a la vez. Un cable que cuelga del techo y un muro de piedra son los únicos que nos ayudarán a cruzar, el resto es coraje. Mi pie tiembla al apoyarse en la endeble madera y mi brazo duda al agarrar el movedizo cable. Mi corazón va a mil por hora mientras observo el vacío oscuro a mi otro costado y pienso en qué estoy haciendo en aquel lugar. Por suerte llego al otro lado antes de que me de cuenta, por lo que comienzo a descender con el resto del grupo por una pendiente irregular. 

Descansamos en una pequeña caverna que posee un pozo relleno de rocas conectado a unas vías férreas. El guía explica y contesta preguntas hasta que un ruido lo interrumpe. Es un carro metálico que se acerca transportando piedras, el cual es empujado por un minero que vuelca el contenido en el pozo con la ayuda de una pala. El guía se le acerca y juntos hacen un esfuerzo para inclinar el carro hasta vaciarlo completamente. Mientras mastica su bolo de coca y toma alcohol etílico rebajado con jugo de naranja, el minero se sienta a nuestro lado. Su nombre es Elías, tiene 48 años y trabaja en las minas desde los 28. Cuenta que su jornada laboral es de 6 o 7 horas pero suele extenderla en los días más productivos. Según él la tradición no permite a las mujeres trabajar aquí, aunque los varones sí pueden hacerlo a partir de los 13 años. El horror invade mi mente. Este lugar infernal se traga a más de veinte mil personas diariamente a través de sus infinitos túneles llenos de trampas. Comparto mi pesar con los trabajadores de esta “Cancha de Lodo”, como diría Malón: 


Tengo las manos cansadas
de hacer ladrillos ajenos
mi sangre se está mezclando
con el barro de pisadero.

Hay días que me parece
chapalear en un chiqueo
Mirando aquellas casonas
que se han hecho con mi esfuerzo.

Cada quincena que pasa
se me viene abajo un sueño
el patrón no me sujeta
mas siempre le estoy debiendo.

Cuando me tiño de vino
me limpio el barro por dentro
mirando pasar la vida
hecho carga rumbo al pueblo.

En meses paso jornadas
sin mirar como es el cielo
me estoy mezclando a la tierra
me estoy sepultando vivo.

Y pensar que se llevan
mis sudores los ladrillos
cada vez me cuesta más
alzar el molde barrero.

Será por estar cansado
de andar hundido en el suelo
húmeda cancha de de lodo
donde se amasa mi tiempo.

Cancha de lodo, Espíritu combativo (1995), Malón

Nuestro camino continúa por otra estrecha boca que nos lleva a dar vueltas y vueltas. Las bifurcaciones nos hacen elegir la senda más de una vez hasta que por fin vemos la luz del sol. El colectivo nos trae de vuelta al hostel donde exhaustos nos quitamos el equipo. Comemos una pata de cordero en el centro y nos disponemos a emprender nuestra próxima excursión, pero Bolivia nos recuerda de nuevo que aquí el clima no es estable. Pronto vemos cómo los autos empiezan a ser cubiertos por una espesa capa de nieve que trae una tormenta de granizo, la cual nos arrastra de vuelta al hostel para finalizar nuestro día. 

IV – Uyuni

Exótico Uyuni

“Tiempo Muerto” de Jeriko me levanta de madrugada para continuar con este inolvidable viaje:

Retroceder, creo ya no poder 
A fondo estoy en el viaje 
Nunca saber como ni por que, 
No se recuerda esa parte… 
Y en el abismo tal vez 
La paz nunca encontrare, 
Solo perder, una y otra vez 
Tiempo muerto, sigo siendo 
Se que puedo regresar 
Tiempo muerto, sigo siendo 
Necesito escapar una vez más.


Tiempo muerto, En origen (2011), Jeriko

Rocas enormes y rojizas se alzan desde la tierra con formas caprichosas ante nuestros ojos. Algunas son medianas y tienen un agujero en el medio, otras tienen forma de árbol con una base delgada y una copa gruesa. Estamos en el Valle De Rocas, cerca del pueblo de Uyuni, pero en seguida continuamos nuestra marcha en la camioneta 4×4 verde oscuro con la que realizamos una excursión de tres días. Bernardo, el guía, no domina por completo el español debido a sus raíces con los pueblos originarios, pero es muy amable y cómico con nosotros. Su buena onda es proporcional al esfuerzo que ejerce en su trabajo, un manejo de 12 horas al día parando solamente para comer y brindar información a los turistas. Su única compañía en esta ardua tarea, además de nosotros, es una bolsa de coca que lo mantiene activo desde la madrugada hasta la noche.

Valle de Rocas. Foto: Marcos Bentancourt

A los costados del descuidado camino se encuentran grandes extensiones de tierra y yuyos que se cortan por los grandes cerros, montañas y volcanes. Cada tanto avistamos conjuntos de llamas y vicuñas, como también plantaciones de quínoa, todas abundantes en Bolivia. De repente, avistamos a lo lejos un inmenso charco de agua. Divisamos tres líneas de colores: blanco, rosado y azul. El blanco corresponde al bórax, mineral en forma de sal que proviene del ácido bórico; el rosado pertenece a una población de flamencos que vuelan, pescan y se bañan tranquilamente en las heladas aguas; el rojo es el color que posee el agua debido a los sedimentos y pigmentos de algunas algas, lo cual originó el nombre de esta gran pileta, la Laguna Colorada.

Arribamos a la entrada de un pequeño pueblo donde pasaremos la noche antes de seguir con los dos días que nos quedan de excursión. Una barrera metálica es levantada para cedernos del paso y quien hace el trabajo es una nena de unos 10 años que le avisa a otra ubicada en la caseta del puesto de control. La pena que me hacen sentir no se aliviaría pronto porque en la edificación donde esperamos hambrientos por la comida las que llegan con los platos y cubiertos son otras tres menores de edad que trabajan como adultos, pero ríen como lo que son en realidad, niñas pequeñas.

Humo blanco

Sol de mañana”, géiser en Uyuni. Foto: Marcos Bentancourt

Bajo un cielo color rosado la 4×4 atraviesa los primeros rayos de luz de madrugada. Las nubes lejanas no están en el cielo, sino que están a nuestra altura. Grandes y misteriosos cúmulos de vapor emanan de la tierra como si fueran bancos de niebla. Son los géiseres que aquí se les llama Sol de Mañana. Los letreros advierten que es peligroso acercarse, pero la gente hace mucho más que eso: los atraviesan caminando entre las rocas. El guía cuenta que una vez se cayó una mujer a uno de los cráteres de agua hirviendo y que se salvó de milagro, ya que sólo se quemó una pierna que la llevó a una internación.

El todo terreno alcanza los 5000 metros sobre el nivel del mar y el conductor nos señala la línea divisoria entre chile y Bolivia. Acto seguido sube el volumen de su estéreo, el cual ya no emite los clásicos de la cumbia boliviana y peruana que habían provocado alguna que otra carcajada en el viaje, sino Whitney Houston con “I Will Always Love You” y su estribillo inevitablemente nos hizo estallar a todos de la risa. Antes de que la noche llegue con su intensa lluvia nos alojamos en un hostel que nos sorprende con un piso cubierto completamente de sal, incluidas las habitaciones.

Sal hacia la sal

Nuestro vehículo marcha por un camino de tierra que se eleva por encima del resto del terreno. El sol radiante alumbra la tierra inundada que yace a nuestros costados, a la cual pronto nos tendremos que sumar para conocer el famoso Salar de Uyuni, el mayor del mundo situado a más altura, a unos 3.650 metros y con una superficie de 10.582 km². El chofer duda antes de modificar el rumbo, ya que el suelo es barro con sal, combinación riesgosa porque puede atrapar las ruedas del vehículo y dejarlo estancado. A muy baja velocidad se adentra en el tramposo lodo, ya que sino el agua que hace chapotear la máquina se puede meter en el radiador del motor y la sal le traería graves problemas a su funcionamiento. A pesar de toda la tensión que traen estos riesgos, más adelante el paisaje, una pintura de ficción, nos recompensará la odisea.

Salar de Uyuni. Foto: Marcos Bentancourt

El cielo se fusiona con el suelo. El reflejo del agua, que invade todo el salar, no permite distinguir uno del otro. Los cerros, las nubes y el celeste cielo están arriba y también están abajo. Tampoco es posible vislumbrar el horizonte, por lo que perderse aquí es lo más fácil del mundo y por eso está prohibida la entrada sin un guía. A través de la película transparente de agua se aprecian hexágonos que están presentes en todo el suelo como si fueran baldosas. Estas figuras se forman gracias a la presencia del litio, mineral que comparte lugar con el potasio, boro y magnesio. Aquí se encuentra más de la mitad del litio en el mundo convirtiendo al Salar de Uyuni en la mayor reserva de este mineral en el planeta. Frenamos en un cúmulo de barro que nos permite bajarnos para sacar fotos sin tener que mojarnos el calzado. Sin embargo, nos remangamos los pantalones y nos sacamos las zapatillas para sentir con nuestros propios pies este inhóspito, pero hermoso lugar, el cual es el vestigio de un enorme lago prehistórico. Me detengo a contemplar esta imagen increíble y agradezco la oportunidad de poder estar en esta parte de “América”, como diría Tren Loco:


No ocultaré mis sentimientos, ¡no callaré lo que es tan cierto!
Búsquenme, me encontrarán, como verdad en el tiempo
Tengo pasado e identidad, de aquí soy y aquí pertenezco
El enigma eterno, lírica en mi sangre hizo florecer
Lo que siento ser, ¡palabra trueno!
América… esencia de mi ser, razón y nombre es
eterno himno, eternamente un grito…
América, América, razón y nombre es.
De donde soy, de donde vengo, nacen libres los sueños
De su cuerpo yo soy cuerpo, grande en grandes no pequeño
A la esencia de este pueblo, las águilas le cantan
Hasta su Tierra de fuego, donde las serpientes son de plata

América, Sangresur (2006), Tren Loco

Todos se quitan los miles de granos de sal pegados a los pies y la camioneta arranca con dos pasajeros menos en su interior. Mi amigo y yo ahora contemplamos nuestro alrededor desde el techo de la máquina con el viento pegándonos en la espalda. Nos damos cuenta de que además del punto de vista la situación tiene otra ventaja: ya no tenemos que escuchar la música de Bernardo. Dos lugares turísticos más cerrarán el día. El primero es el Hotel Playa Blanca, pionero en asentarse en medio del salar y con un monumento del Dakar, ya que este evento incluyó la zona el año pasado por quinta vez consecutiva. El segundo es el cementerio de trenes, donde hallamos abandonadas y oxidadas locomotoras a carbón que fueron compradas a Irlanda en 1890 para transportar los múltiples minerales de la zona.

 

Cementerio de trenes. Foto: Marcos Bentancourt

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.